lunes, 11 de junio de 2018

El cierre de la modernidad reflexiva


El ciclo de la modernidad reflexiva permite volver una y otra vez sobre sí mismo, abriendo innumerables secuencias analíticas, profundizando temas y preguntándose por los cimientos de lo moderno como un proceso continuo. Probablemente por este motivo es que se ha convertido en un ámbito de debate de creciente interés para los intelectuales, interpretando problemas clásicos bajo nuevas ópticas. En esto radica su particular atractivo, pues al cuestionarse los nuevos órdenes se está poniendo en duda la constitución misma del ser humano y del conocimiento que éste puede adquirir; querella que no sólo tiene que ver con la reflexión del problema sino también del cómo el sujeto se conduce en nuevos ámbitos del conocimiento. Así es como la subjetividad y los cuerpos parecen deformarse, tomando formas geométricas o fluidas, adecuándose o siendo adecuados a los temas que se ven enfrentados externa o internamente. De esta forma, en la medida en que las subjetividades se consolidan y transfiguran como consecuencia del proceso de individuación, por ejemplo, el sujeto, y esto es clave, no necesariamente actúa conforme a su posición social, creando un desfase entre los marcos normativos y los valores interiorizados.

 John William Waterhouse, Pandora, 1986, óleo sobre tela, 152 cm x 91 cm. Fuente: wikicommons.

Tal como una cadena de análisis, y coqueteando con la idea del construccionismo, estas transformaciones irrumpen en los supuestos sistemas cristalizados de las clases sociales, de las representaciones del poder y de la idea misma de Estado Nación. Atrás quedaron los paisajes idílicos y las formas delimitadas; no convenir con los cambios continuos parece conducir a un destino resignado, un letargo de cosmovisiones postergadas. Las fracturas del conocimiento agrietaron la forma misma de su exposición; los grandes sistemas filosóficos y sociológicos quedaron relegados, abriendo paso a lo efímero, tal como la idea misma de la evanescencia de la información. Romanticismo o no, estas cuestiones han ido ganando espacio bajo aquellas primeras reflexiones que auguraban el advenimiento de una racionalidad que llevaba a la unidimensionalidad, de la cual hablaba Herbert Marcuse hace más de sesenta años. Los  limites conceptuales que alguna vez fueron defendidos férreamente por los círculos intelectuales han ido dacayendo a causa de la eterna labor de la filosofía, dejando tras sí escombros que, no llamando a la confusión intelectual, se convierten en  piezas claves para construir nuevos parámetros reflexivos. 

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